Colectivos como “Guerrilla Girls”, un grupo de artistas feministas que protestaba contra la discriminación por género y raza en los grandes museos, o “Gran Fury”, el colectivo que hablaba sobre el problema pandémico que era el SIDA a finales de los ochentas; en realidad se valieron en parte de la falsificación y la tergiversación, que es tema recurrente en esta investigación; pero ambos dan la pauta de como el activismo se hizo presente con seriedad en el mundo del arte a mediados de los ochentas. Esto no es una novedad particular de esa época, porque el arte siempre ha tenido, y tendrá, su tajada de protesta; como bien obvio fue durante los sesentas.
El arte público siempre tendrá estos tintes opinionados, pues se presenta para hablarle al público en general, que son los transeúntes, o cualquiera que viva en aquel lugar donde se presente la pieza, o la acción; sin embargo, siempre se trata el tema expuesto desde la posición del artista como persona dentro de esa sociedad a la que se muestra. Con esto no solo hablamos de la calle como un espacio público, sino de los medios también; que es en lo que muchos colectivos artísticos/activistas de los ochentas se apoyaban para comunicar aquello que querían decir en su obra; para después poder, o tratar, crear un puente entre esto y los medios artísticos, como las bienales y demás.
El activismo en el arte tiene la ventaja de ser lúdico y atractivo, es lograr a través de algo estéticamente fascinante que se reflexione sobre un problema social. Esto no es del ingenio total de los artistas, vaya, que si la publicidad nos quiere hacer notar algo no hay nada como lo ingenioso y llamativo para lograrlo. Es usar la misma técnica, pero con un poco mas de sesos; le quita lo aburrido, lo extremadamente aburrido que es el proselitismo, que tanto nos quieren meter sus ideales por cada agujero que tengamos, y que por eso lo rechazamos automáticamente; es evitarse el montón de palabrería y llamar la atención a lo que en verdad importa reflexionar.
Como dijo Fontcuberta alguna vez para una entrevista “El que sea divertido no le quita la seriedad”, son estos recursos lo que permiten darle la vuelta y crear de un problema algo realmente reflexivo y original, como TODA pieza de arte debería ser; esto permitirá también que sean recordadas sin dejar de lado su intensión política o social.
Encuentro justa la ausencia de una autoría personal en este tipo de trabajos; el crédito grupal, que le da un velo de anonimato, evita que uno se desvíe del mensaje principal y se hile directamente al trabajo anterior del artista que sea mencionado. Aunque creo que esto es válido para aquellos artistas reconocidos y célebres que se unan a este tipo de situaciones.
Creo que para los artistas desconocidos, por el contrario, debe ser una abstinencia para el ego terrible. El estar involucrado en algo que resuene en los medios y que no pueda decir que es él o ella quien también está detrás de todo eso, y así poder obtener cierto reconocimiento. Pero esto solo nos deja más claro que lo que importa, como en el caso del artista famoso, es el mensaje que se quiere dar a conocer. ¿Qué no ha de ser frustrante que tu “one hit wonder” jamás te pueda ser reconocido? ¿Qué tanto beneficia este “honor”?
Distingamos que hay dos razones principales por las cuales se destacan el abandonar la autoría como individuo creador. Una es renunciar al crédito, como es en esta ocasión que vemos; y la otra es renunciar al cobro por derechos, como en el caso expuesto de los desarrolladores de software libre y otros proyectos que promueven el DIY y no someterse a la explotación de las grandes corporaciones y su monopolio intelectual; el infierno que continuamente representa el copyright.
Aquello de que “la unión hace la fuerza” no se dice solo porque sí, otra ventaja de que se tenga este anonimato, respaldado por un nombre que defina al grupo como un total es que cualquier acusación pueden ser respondida por cualquiera del grupo, es una especie de hermandad la que se puede ver. No es solo la opinión “loca” de una persona egolatra, es una masa, una comunidad la que denuncia, y esto le aporta fuerza.
Por otro lado, tal vez si los nombres de los integrantes se dieran a conocer, también sería mayor la difusión de todo. Quizá esto suena más a una causa que Bono apoyaría, y que trata de usar el ultrareconocido nombre y la credibilidad casi institucional que tiene Bono. Pero no cabe duda que sí funcionaría.
Sin embargo no hay que olvidar que no es una cuestión de caridad, sino de reflexión sin dejar de lado el arte. Es esta “rebelión” lo que nos recuerda más al proselitismo que al apoyo de una causa caritativa.
Este estire y afloje que existe, entre el querer estar dentro de los círculos del arte o contra ellos, crea un conflicto al querer ubicar a ciertos artistas-activistas para saber si lo que hacen es arte o no. Además ¿qué tan conveniente es para estos artistas que su activismo sea respaldado por instituciones? ¿Por quién quieren ser tomados en cuenta? ¿Y por quienes quieren ser ignorados?
Creo que cuando no es un conflicto tan grave el ser absorbidos por estos círculos, es donde se demuestra una madurez tanto como artista y activista; por difícil que sea encontrar este balance, el de no comprometerse con ninguno de los dos. Saber hacer funcionar lo que venga al proyecto en su camino de desarrollo, y no asustarse con el título cliché y ridiculizante de “vendido”, o a la mínima provocación.
Estamos tan desacostumbrados a que algo que pertenece a algún tipo de rebelión sea presentado por alguna institución dominante de los medios o el arte, que inmediatamente cuando vemos ese suceso tan extraño ponemos en duda su credibilidad, nos huele raro. Es difícil creer en alguien que pueda tener una relación con algo que tenga ciertas creencias u opiniones contrarias a lo que se “predica” en el proyecto pueda tener la más mínima ética que lo respalde.
La idea del anonimato y el camuflaje puede bien tener otras intenciones totalmente distintas; es aquí donde regresamos a la falsificación, o a la creación de alteregos para hablar de situaciones que se plantean fuera del contexto artístico, como en la referencia, de nuevo, que es Fontcuberta. Y así nos permite reflexionar mas allá de los pasillos de los museos. Este disfraz nos permite viajar a escondidas y llevar el arte a terrenos ajenos, pero no por eso menos interesantes al artista.
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